Etimología de CUMBRE

CUMBRE

La palabra cumbre (punto más alto de una montaña) viene del latín culmen (cima, cumbre, punto más elevado). Su doblete es culmen y se relaciona con una raíz indoeuropea *kel-6 (prominente, cumbre).

La evolución fonética de culmen a cumbre se explica de esta manera:

  • culmen -> culm(i)ne

    Adición de una -e al acusativo terminado en -n. Otros ejemplos similares incluyen:

    examen -> exam(i)ne -> enjambre
    inguen -> ing(ui)ne -> ingle
    nomen -> nom(i)ne -> nombre

  • culmne -> cumbre

    Hay dos tipos de sonantes 1) las nasales ( n y la m) y 2) las líquidas ( l y la r). El pueblo de España no podía pronunciar dos sonoras nasales juntas (mn de *culmne). Así que reemplazaron la n (nasal) por una r que es líquida (>culmre). Luego, a la combinación mr le añadieron una b de apoyo (epéntesis), dando mbr (cumbre). Este proceso es muy similar a:

    aeramen -> alambre
    homine -> hombre
    legumen - legumbre

No es correcta del todo la explicación anteriormente dada sobre la evolución de cumbre a partir del latín, aunque en efecto la palabra cumbre procede del latín culmen, culmĭnis (cumbre, cima). La explicación correcta es la siguiente.

La palabra latina culmen, como casi todos los vocablos que contienen el sufijo instrumental-resultativo -men, es de género neutro. Y los neutros tienen el acusativo idéntico al nominativo, mientras los masculinos y femeninos de la tercera declinación tienen un acusativo con desinencia -em. Y el acusativo es el caso etimológico del que proceden nuestros vocablos. Pero cumbre no viene de culmen, igual que nombre no viene de nomen, ni legumbre de legumen, etc. En el latín vulgar tardío, ese que ya estaba evolucionando a nuestras lenguas romances se produjo un fenómeno consistente en la eliminación del género neutro en los sustantivos, que hizo que todos los nombres neutros fueran pasando, bien a masculinos o bien a femeninos. Consiguientemente muchos neutros de la tercera declinación, en boca de los hablantes adquirieron acusativos analógicos a los masculinos y femeninos, formándose pues un acusativo impropio culmĭnem para la palabra en cuestión, del que realmente viene nuestra forma cumbre. A partir de él, como siempre sucede, la -m final que se pronunciaba como una ligerísima nasalización se perdió, culmĭne(m). A continuación, el fuerte acento proparoxítono desarrollado por el latín vulgar occidental provocó la síncopa, con la caída de la i breve, generando *culmne. Y a partir de esa forma vamos a ver lo que pasó.

Es absolutamente falso que la gente de Hispania no pudiera pronunciar dos sonantes nasales (mn) juntas, que por eso decidiera pasar la n a r, y que además decidiera después colocar en medio una b. Eso es una explicación absolutamente peregrina y falsa. A lo que asistimos aquí es nada menos que a un fenómeno fonético general en todo el ámbito indoeuropeo, y no propio de las gentes de Hispania o de Germania, sino que puede darse en todas las lenguas indoeuropeas en determinados contextos fónicos, porque es un hecho general de la fonética. Cuando se juntan dos sonantes nasales diferentes, una labial (m) y otra dental (n), en ese orden o en el inverso, se requiere un especial esfuerzo articulatorio para pronunciarlas juntas y a la vez diferenciadas, porque hay que cambiar muy rápido de punto de articulación. Y nadie en un habla rápida mantiene ese esfuerzo articulatorio: así que hay dos soluciones. O una asimilación total (-mn->-nn/ -nm->-mm-), o una disimilación total (la segunda sonante nasal pasa a la serie líquida (l) o vibrante (r). Una u otra solución dependen de diversos factores (la posición de la sílaba respecto al acento y los contextos vocálicos principalmente). Les podría poner muchos ejemplos de ello en bastantes lenguas indoeuropeas, pero no acabaríamos. Les pondré dos ejemplos de disimilación de sonantes en el latín arcaico, que no lo hablaban hispanos, sino gentes del Lacio allá por los s. VII y VI a.C. La palabra latina carmen (canto, verso), procede de la disimilación de canmen, del verbo canĕre (cantar), y la palabra latina germen (germen, semilla, brote, principio), procede de la disimilación de genmen, de la raíz gen- (engendrar).

Y ahora vamos al hecho ese de que los hispanos metían una b entre la n y la r. Cada vez que se genera en el mundo indoeuropeo un grupo -mr-, por necesidad fonética surge una b epentética entre ellas, igual que si el grupo es -nr- la epéntesis que surge es una d. También se podrían buscar muchos ejemplos, pero sólo elegiré una lengua. Ahora me voy a ir al griego antiguo, hablado por unos indoeuropeos en el otro punto de Europa desde el segundo milenio antes de Cristo. En una palabra tan antigua en el griego como ἀνήρ, ἀνδρός ("aner, andrós", varón, hombre), cuya raíz originaria es *ner-, la d del genitivo y de todos los casos diferentes del nominativo es epentética, debida a una síncopa que generó un grupo -nr- en una forma *anrós, lo que por necesidad generó la epéntesis de dental (porque la n es dental), si el grupo hubiera sido -mr-, dado que la m es labial, la epéntesis, lógicamente, hubiera sido una labial b. Se trata de fenómenos de la fonética indoeuropea que no tienen que ver nada con "particulares caprichos o tendencias de los antiguos hispanos."

- Gracias: Helena


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