Etimología de ACLAMAR

ACLAMAR

La palabra 'aclamar' viene del latín acclamare (gritar y aplaudir entre muchos en signo de aprobación hacia alguien), compuesto con el prefijo ad- (hacia) y el verbo clamare (clamar). El prefijo ad-, cambia a ac- por asimilación, cuando la raíz empieza por c-. Con otros prefijos tenemos:

  • Declamar - Hablar en público. El prefijo de- indica dirección de arriba abajo.
  • Exclamar - Emitir palabras que expresan sentimiento hacia fuera (ex-).
  • Proclamar - Decir una cosa delante (pro-) de la gente.
  • Reclamar - Llamar a alguien repetida o intensamente (re-).
El verbo latino clamare tiene la raíz indoeuropea *kel-4 (gritar, llamar), la cual encontramos en las palabras: calendario, declarar, intercalar, llamar, lamentar, preclaro, etc.

El verbo latino acclamare no siempre significaba dar gritos de aprobación o saludo, sino también muchas veces lanzar gritos contra alguien de protesta o censura, de modo que había una aclamación positiva y una negativa. Lo interesante es ver el gran valor que en Roma tenía "el clamor popular". En el caso de la acclamatio positiva se trataba muchas veces de una especie de ritual de honor tributado a altos personajes políticos o que acompañaba los triunfos militares. Pero además de una forma de saludo ritual, una forma de aclamación llamada más frecuente y específicamente conclamatio (grito conjunto) tuvo en la Roma arcaica un valor legal equivalente a una elección o votación: en algunos casos un nombre o una consigna gritada por todos, sin ninguna voz en contra, bastaba para aprobar a alguien en un cargo o aprobar una ley o medida: la condición es que se gritara unánimemente al menos tres veces. Esta costumbre arcaica pervivió en la Roma clásica en el ejército, y así cuando un ejército en campaña perdía a su general, ante la inmediata necesidad de un mando y no poder esperar el largo tiempo necesario para que se produjera un nombramiento oficial por parte de los poderes públicos de Roma, bastaba la conclamatio del ejército formado para elegir al nuevo, y este nombramiento por aclamación se consideraba efectivo y legal. De hecho, en épocas revueltas del Imperio, algunos emperadores que se enfrentaron por las armas a otros habían sido proclamados así por un ejército que le era afecto o leal. En concreto es el caso del emperador Constantino: mientras en Roma se había elegido a Majencio como emperador legal, en Britania, el sector del ejército que allí se hallaba destacado nombró a Constantino emperador por conclamatio, y él se sintió con derecho a conducir aquellas legiones contra Majencio en Roma, al que finalmente venció en la batalla del Puente Milvio, arrebatándole el poder.

Otra variante de la conclamatio era la conclamatio fúnebre, un ritual obligatorio en el funeral romano. Cuando alguien agonizaba, toda la familia estaba alrededor y el familiar más directo (podía ser el hijo mayor u otro), debía estar atento a besar al difunto en la boca justo cuando expiraba, para absorber así su último suspiro. Inmediatamente este familiar le introducía la moneda bajo la lengua y se colocaba el cuerpo de pie o apoyado sobre las rodillas para comprobar que ya no se sostenía más que sujeto, y empezaba la conclamatio, consistente en llamar a voz en grito al difunto por su nombre todos los presentes. Tras esta, y como el difunto no respondía, se le consideraba oficialmente muerto y su cadáver ataviado, perfumado y rodeado de flores se exponía un mínimo de tres días, tras lo cual vendría el cortejo fúnebre con las antorchas, plañideras, familiares, etc., para conducirlo en una caja abierta y sobre andas al cementerio y proceder a la incineración o inhumación. En todo este tiempo, la conclamatio se producía periódicamente, algunos dicen que para retener el espíritu del difunto junto al cuerpo y que no vagara, hasta que la incineración ritual o la inhumación lo enviaran a su destino de descanso definitivo.

El ritual de las acclamationes y conclamationes romanas ha dejado su huella en la liturgia cristiana tradicional, de modo que todos los formulismos de invocación, alabanza, júbilo, etc. incluyen la repetición prescriptiva de una expresión tres veces. Por ejemplo "sanctus, sanctus, sanctus" o los glorias, aleluyas y hosannas frecuentemente repetidos tres veces.

- Gracias: Helena


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