Etimología de GÉNERO

GÉNERO

La palabra género viene del latín genus, generis (estirpe, linaje, nacimiento, clase o tipo natural de algo y también ya en latín género gramatical). Hay muchas otras palabras de origen latino que son derivados secundarios en latín de genus, como general, congénito, unigénito, primogénito, congénere, degenerar y un larguísimo etcétera. Además están todas aquellas como natural, naturaleza, nación y nacer, originadas en un verbo gnasci (nacer) que del mismo modo que genus, generis se origina en una raíz indoeuropea *gen- (dar a luz, parir, engendrar).

Pero una cosa interesante es centrarnos en la noción gramatical de género. No hay que confundir obviamente género con sexo. Primero porque entre los nombres de objetos los hay masculinos y femeninos, y los objetos obviamente no tienen sexo. Segundo, porque no todas las lenguas configuran sus géneros en torno a una idea de base sexual.

El español o castellano, como todas las lenguas romances, sólo tiene dos géneros en los sustantivos: masculino y femenino. Una cierta noción del neutro se conserva en adjetivos sustantivados, como "lo bueno" y "lo malo", pero nombres de género neutro no hay. El género de las palabras y sus formantes característicos se heredan del latín, y salvo excepciones, las palabras han conservado el género que tenían en latín. En latín existían los nombres neutros (castellum, templum…), caracterizados por unas formas plurales en -a. Al pasar a la lengua romance se asimilaron a masculinos, como castillo y templo, excepto si se empleaban más en forma plural (arma = las armas), en cuyo caso esa -a hizo que los hablantes los asociaran a femeninos, como arma. En algunos casos dieron dos formas como leño (de lignum) y leña (del plural ligna) que se emplea como colectivo. Otras veces un neutro produjo un género ambiguo (el mar o la mar). Puede decirse pues que nuestros géneros son como son porque así eran en latín (y cuando se toma una palabra en préstamo o de otra lengua que no es el latín, se suele adaptar a la estructura latina que tenemos). Entonces cuando alguien se plantea cosas como por ejemplo por qué una mesa es femenina si no tiene sexo entre las patas, o si es femenina porque acaba en -a o bien se le dio la -a por haberse concebido como femenina, generalmente un profesor de castellano te va a decir que es así porque así viene del latín y además porque los géneros son absolutamente arbitrarios y no coincidentes de unas lenguas a otras, y que el tenedor es femenino en alemán, la cuchara es masculino y el cuchillo es neutro. Es casi como decir que es un capricho, una lotería o un sinsentido del azar el hecho de que a la mesa y a la silla le haya tocado el género femenino.

A efectos prácticos quizá sea mejor considerarlo así, pero de hecho no es así, lo que sucede es que en la explicación de estos fenómenos tenemos que remontarnos a etapas muy antiguas de la lengua y a estudios complejos, con el comparativismo de por medio, que nos obligan a explicaciones difíciles y largas que pueden aclarar sobre todo globalmente los fenómenos (algunos pequeños detalles escapan a una comprobación total).

El latín es una de las muchas coagulaciones lingüísticas de ese extenso mar de formas que llamamos indoeuropeo. Sucintamente, sabemos que el primitivo indoeuropeo tenía dos géneros: el animado (para seres vivos) y el inanimado (para los entes inertes), de manera que propiamente no había una consideración de base "sexual" para las configuraciones genéricas. El género inanimado es el origen del género neutro en las lenguas hijas.

Los nombres animados estaban marcados como tales por elementos sigmáticos (-s) que al mismo tiempo configuraron los nominativos en declinación (agentes de la acción verbal), y a veces se reforzaban con sufijos de agente (tipo los viejos sufijos -nt-, o un viejo -ā). Esto nos da en latín una inmensa cantidad de vocablos, muy especialmente de carácter adjetivo aunque no siempre, meramente animados, ni masculinos ni femeninos, como fortis, fallax, amans ( > amants), regens ( > regents), scriba, collega… También en griego, especialmente el sufijo -ā, combinado con alargamientos específicos nos dará sufijos de agentes animados como -ta o -ista, ambivalentes a la noción masculino/femenino porque en origen son previas a tal distinción y así lo mantuvieron las lenguas. Y fíjense por donde, vía latín o vía griego conservamos este valor meramente animado del indoeuropeo en infinidad de palabras como fuerte, falaz, amante, regente, estudiante, escriba, colega, astronauta, cibernauta, cenobita, taxista, machista, taxidermista, etc. Si algunas de las formas en -ta pasaron a masculinos como poeta o profeta, no fue por el sufijo -ta, sino porque resulta que después se aplicaron sólo a varones (todos los profetas bíblicos son varones y en la antigüedad casi no había mujeres poetas).

Los nombres inanimados se marcan por omisión, con raíces puras sin -s, o también con el tiempo preferentemente con una sonante nasal al final (que da características -m en latín y -n en griego), que al mismo tiempo en declinación va a ser la marca del objeto verbal que no puede ser agente: el acusativo receptor de acciones (por eso los neutros no distinguen entre nominativo y acusativo: son siempre objetos). El inanimado da el neutro y como vimos no hay huellas de este género en las lenguas romances: fueron remodelados. Estos inanimados aplicaron en sus plurales un formante -ă generado en indoeuropeo a partir de una sonante laringal y que en origen marcaba la idea de colectivo.

Y ya en el propio ámbito indoeuropeo emerge una distinción, a partir de la noción de lo animado, entre lo masculino y lo femenino. Se van a empezar a marcar especialmente los femeninos, ya en una fase de escisión del indoeuropeo en ramas o grupos de lenguas o protolenguas. Así toda una serie de lenguas orientales muestran un viejo formante -i aplicado a femeninos (como en sánscrito por ejemplo), mientras otras lenguas occidentales van a recurrir al formante -ă que para muchos es exactamente el mismo que el de la noción colectiva, que luego mostrará una variante alargada que en algunas lenguas da -ē. Al tiempo se genera en estas lenguas occidentales una variante -ŏ para marcar masculinos.

Y sobre todo, con ello empieza en la lengua la compleja conceptualización genérica de lo masculino y lo femenino que va a producir la conformación de infinidad de nombres de entes inanimados, ya sean objetos, entes naturales, partes de un ser vivo, que en principio se diría destinados a ser de género inanimado y producir neutros, como nombres masculinos o femeninos por haber sido objeto de una personificación simbólica o de una asociación al mundo de lo femenino o de lo masculino. El estudio de ese léxico ha arrojado una luz global a los especialistas en semántica y lingüística histórica sobre qué nociones aproximadas o actividades atribuían esas sociedades a lo femenino o y lo masculino. Lo colectivo, masivo o amorfo es femenino, así como las actividades manuales, agrícolas, la casa, los enseres domésticos, la noción de la sedentariedad y permanencia, la pasividad, lo frío, lo húmedo, lo oscuro…(la serie es bastante grande). Es en cambio masculino el movimiento, la noción de trashumancia, lo asociado al brío, el valor, el calor, lo luminoso, lo seco…, y en concreto claro, en buena medida lo relacionado con la guerra y otras actividades afines. Esto explica los géneros epicenos y los géneros concretos de montones de vocablos, si bien no lo explica todo y para cada caso concreto pueden existir explicaciones concretas. Por ejemplo se diría que aquellas armas que no son vocablos neutros, deberían haber asumido un género masculino, pero la espada (gladius) es masculina, mientras la flecha (sagitta) es femenina. Pero resulta que sabemos que existía una conceptualización graduada de la "nobleza viril" de las armas, en que la posición más elevada la ocupaba la espada (gladius), y la ínfima la flecha (sagitta), arma "femenina" de medrosos y cobardes, y no es pues casual que surja ahí un vocablo femenino.

Esto nos marca unas líneas generales, pero el fenómeno se complica y se oscurece mucho más porque en la formación de lenguas concretas va actuar después la analogía formal. Un ejemplo de esto entre los muchos sería en latín lo siguiente. Los masculinos marcados con - ŏ generaron esas palabras de la 2º declinación latina que en el nominativo asumieron la -s, y al hacerlo, en posición final esa ŏ se cerró en ŭ dando esas típicas terminaciones en -us (amicus, testiculus, gladius…, es decir, amigo, testículo y espada). Al mismo tiempo existía en latín otro buen grupo de palabras que constituyeron la llamada 4ª declinación con nominativos en -us. Pero estas palabras no eran radicales marcados por la marca masculina - ŏ, sino en origen vocablos sufijados por una w que a la larga dio una u, y no eran necesariamente masculinos sino de género animado: parece que por analogía formal con los verdaderos masculinos estos sustantivos pudieron categorizarse como masculinos globalmente.

Es decir, interfieren diversos fenómenos que hacen este tema muy complejo. Y en todo ello destacan además las aparentes excepciones y contradicciones de las formas que no pueden ser explicadas por sufijos específicos. Por ejemplo, ¿por qué día es masculino si acaba en -a?. ¿Por qué mano es femenina si acaba en -o?

Pues bien, la palabra día viene del latín dies, un vocablo de la 5ª declinación latina que agrupó a toda una familia de palabras tematizadas en un -ē femenino (como materies, species…), y que la lengua romance (ya el latín vulgar incluso) reconvirtió en formas en -a. Todas eran femeninas en latín menos dies (preferentemente masculina, aunque a veces se gasta como femenina) y meridies (mediodía). ¿Y por qué?. Pues es sencillo. Aparte de que la -e de dies no era originariamente el sufijo femenino y depende de otra formación, se asocia a una raíz indoeuropea *deiw- que designa al brillo y a la luz solares, brillo de fuego (es la misma raíz que da la palabra Dios y la palabra Júpiter), y el sol, su fuego, su luz y su calor son fuertemente masculinos en la noción indoeuropea y tan fuerte rasgo semántico no lo perdieron los hablantes latinos ni por la fuerza de la analogía. Y resulta que nosotros lo conservamos. Fijémonos en cambio como curiosidad en que la raíz indoeuropea *leuk- que designa a la luz blanca, da prefentemente vocablos femeninos (lux, luna…), asociados a la luz lunar, astro vinculado a lo femenino, a los ciclos femeninos, a las luces reflejadas y pasivas que no son color de fuego, a las diosas femeninas.

En cuanto a la palabra mano viene del latín manus, palabra de la 4ª declinación en que esa u en origen no es una marca masculina (es una w). Si bien esas palabras pasaron por analogía con los temas en -o a masculinos globalmente, dos no lo hicieron y se mantuvieron como femeninas: una es domus (casa) y otra es manus (mano, también posesión o poder). Las razones de la primera son bien obvias: la casa es el reino preferente de lo femenino, el mundo exterior a ella de lo masculino. Para la segunda profundizaremos un poco más.

Hay indicios suficientes para afirmar que en indoeuropeo primitivo la raíz *deik- (la de mostrar e indicar, la de digitus, dedo, y el verbo dicere, decir e indicar) se refirió también a la mano como elemento activo e indicador, y que no dio necesariamente siempre vocablos femeninos. Pero dos innovaciones se produjeron en el mundo indoeuropeo para la mano, una es la raíz *man- y otra es *ghesor- (la que da cheir, "mano" en griego). A partir de esas innovaciones los vocablos de la mano se configuran como femeninos indefectiblemente en el mundo indoeuropeo antiguo, mientras el pie del desplazamiento y el movimiento es masculino. Y es que, sobre todo en el caso de la raíz *man- parece claro un sentido originario de puñado, de lo que tú puedes coger con la mano y te pertenece: la gavilla de trigo en la recolección, la acción de coger y poseer algo establemente…Y todo eso son nociones fuertemente femeninas que se unen a las tareas manuales conceptualizadas como femeninas. Tal noción se mantiene muy fuertemente en latín con la acepción de manus como aquello que está bajo el poder de un varón, y luego como este poder jurídico mismo: es lo que permanece, lo estable, el mundo de lo doméstico y femenino que está bajo su jurisdicción. Esto hizo que en latín la palabra manus resistiera a toda regularización analógica, se mantuviera como femenina y se nos trasmitiera como femenina aun con su apariencia masculina. En efecto la evolución al castellano del acusativo manu(m) nos da fonéticamente mano, con lo cual mantenemos esa -o aparentemente masculina. El catalán por ejemplo en cambio pierde toda vocal final que no sea a, como en amic, de amicu(m), y además pierde las nasales finales (la n), con lo cual se queda en mà por pura evolución fonética, como pa de pane(m) (pan).

- Gracias: Helena


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