Etimología de NECEDAD

NECEDAD

La palabra necedad la crea el castellano con sufijo de cualidad -dad, procedente del latín -tas/-tatis (-tat-), sobre la palabra necio, procedente del latín nescius (ignorante, carente de conocimiento), para expresar la cualidad y estado del necio. En latín no era usual una forma "nescietas" para la cualidad del necio, que se expresaba con el vocablo nescientia (ignorancia, desconocimiento, carencia absoluta de ciencia, es decir, de saber o conocimiento), y antónimo de scientia (conocimiento, saber, ciencia, cualidad del que sabe, que en latín es scīre). La raíz por tanto de todos estos vocablos es la del verbo scīre (saber, diseccionar, discernir separando una cosa de otra), de donde vocablos como ciencia, científico, conciencia, consciente, presciente, omnisciente y necio. Este verbo contiene una vieja raíz indoeuropea *skei- (cortar, escindir, separar), perfectamente detectada, además de en latín, en griego clásico, en sánscrito, en lenguas célticas, en lenguas germánicas antiguas y modernas, en letón y lituano. En latín, con un habitual infijo nasal la hallamos también en el verbo scindĕre (hender, rajar), de donde vocablos como escindir, abscisa, prescindir y rescindir.

Pero el vocablo nescius contiene también un prefijo negativo ne- de altísima productividad indoeuropea. Procede de la negación indoeuropea *ne, que empleada como prefijo también por casi todas las lenguas hijas, como variante prefijal puede darse en grado e (ne) o en grado vocálico cero (n). Esta forma indoeuropea ha dado el sánscrito, el na- prefijal del avéstico y del persa antiguo, el nih del gótico, las formas ni del alto alemán antiguo y el prusiano, el lituano ne, el antiguo eslavo eclesiástico ne, el griego νε-, los compuestos hititas na-tta y na-wi y un sinfín de formas compuestas en todas las lenguas indoeuropeas que sería demasiado prolijo enumerar.

Pero en latín, como en otras lenguas, la forma prefijal ne- tuvo otra variante en grado cero *n-, empleada en origen ante raíces iniciadas por vocal o laringal. En estos casos, según lenguas, la sonante n ha desarrollado un ápice vocálico anterior o ella misma ha vocalizado. En latín generó la forma in-, prefijo negativo, que en otras lenguas itálicas alterna la forma in- con la forma an-, que encontramos en antiguo iranio como in-, en griego como an-/a-, en lenguas célticas como an-, en gótico como un-, en tocario como an-/en-/on-, en armenio e indio antiguo como an-, etc. Esta forma in-, generada en latín ante raíces vocálicas, una vez fosilizada como prefijo pasó ya a generar en la lengua todo tipo de prefijados, incluso ante formas radicales iniciadas con consonante, mucho más frecuente que la forma ne-. Y conviene nunca confundir este prefijo negativo con el preverbio in- (dirección al interior, situación al interior, ingreso en la acción), procedente de la preposición indoeuropea *en (en), presente en todas las lenguas indoeuropeas. El latín nunca los confundió porque además el in- negativo es prefijo nominal (sólo niega nombres y adjetivos), y el in- de interioridad es preverbio, prefijo verbal, que sólo determina acciones, y siguen sin confundirse en todas las lenguas derivadas del latín y en el amplio bagaje de cultismos que el latín ha legado a todas las lenguas occidentales aunque no sean derivadas suyas. Cuando encontramos en latín (y en todas sus lenguas derivadas) ocasionalmente un in- negativo en un verbo (caso rarísimo) es porque ese verbo se ha derivado de un nombre o adjetivo ya negado con el prefijo. Cuando encontramos en latín (y en todas sus lenguas derivadas) un nombre o adjetivo con preverbio in- de interioridad, invariablemente es porque ese nombre o adjetivo se ha derivado de un verbo que llevaba ya el preverbio.

Aparte de su uso prefijal la forma ne se ha conservado en latín como partícula aislada, con el valor especializado de negación subjetiva (niega imperativos y constituye formas prohibitivas con ciertos tiempos verbales), conservando una función conativa, y también ha generado a partir de ahí una conjunción completiva negativa (que no) o final negativa (para que no).

Para la negación objetiva, el latín generó la forma non (que da nuestro no), y que en origen no es más que un compuesto apocopado con ne, *ne-oinom (ni uno, ni una sola cosa).

- Gracias: Helena


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