Etimología de GENOCIDIO

GENOCIDIO

La palabra genocidio es un neologismo latino acuñado por el polaco Raphael Lemkin, que aparece por primera vez en su obra en 1944. Está formado a partir de la raíz gen- (estirpe, linaje, grupo genético o de origen común), y el elemento -cid, generado por la raíz del verbo latino caedere (matar, cortar), vinculado a una raíz indoeuropea *kaƏ-id- (cortar, hendir), con un sufijo latino de efecto o resultado -io.

El indoeuropeo posee una raíz *gen- (dar a luz, parir, engendrar), muy prolífica tanto en latín como en griego:

  • En latín tenemos el sustantivo genus, generis (estirpe, linaje, raza), así como gens, gentis (gente, pueblo, comunidad humana emparentada). Infinita cantidad de palabras de origen latino van a tener la raíz -gen- ampliada o no con esa idea, como género, generación, generatriz, genitor, progenie, gente, gendarme, genitura, genio, genial, ingenio, gentil, genitivo, germen, ingenuo, indígena, primigenio y un larguísimo etcétera. A esto se suman los derivados de (g)nasci, como natural, naturaleza, nacer o nación.
  • En griego genera la palabra γένος (origen, nacimiento, raza), de la que vienen genética, autógeno, endógeno, colágeno, genealogía, fotogenia, homogéneo, heterogéneo, patógeno, oxígeno, hidrógeno y génesis. Estas también se caracterizan por el elemento -gen-.

De manera que en la formación de nuevos vocablos artificiales ya nadie se va a plantear realmente si el elemento -gen- viene del latín o del griego: se empleará con su clarísimo significado común, tipificado en la lengua, aunque suele decirse que Lemkin recurrió a la palabra griega γένος para la acuñación de su vocablo.

El concepto de genocidio, que es el grado más extremo de violencia grupal, inmediatamente pasó al Derecho internacional y se convirtieron en prototipos clarísimos de genocidio tanto el descomunal holocausto nazi perpetrado contra la población judía, como el genocidio llevado a cabo por los otomanos contra los armenios a partir de 1915. Pero la definición exacta del concepto ha dado lugar a largas controversias. El genocidio se incluye dentro de un tipo de delitos llamados "contra la humanidad o de lesa humanidad" que incluyen también cosas como la esclavitud, la sobreexplotación de un pueblo sobre otro, la deportación forzosa de grupos o cualquier acto inhumano contra grupos de población. Sin embargo para todos el genocidio se distingue perfectamente de los demás delitos porque consiste en la eliminación física o sistemática de un pueblo o grupo o sector de población o denegación del derecho a la vida, logradas tanto por la matanza directa, como por el sometimiento del grupo a condiciones que necesariamente acarreen su extinción, su destrucción física total o parcial, incluido también el impedir que se produzcan nacimientos, y quedan fuera del concepto de genocidio las posibles muertes masivas como consecuencia directa de la acción bélica. La discusión no está ahí, sino curiosa y sorprendentemente en los motivos que producen el genocidio y que también forman parte de su definición.

Cuando en 1946 la Asamblea General de la ONU intentó acordar la exacta definición de genocidio mediante la aprobación del artículo 96 se hablaba de la exterminación total o parcial de grupos sociales por motivos étnicos, raciales, religiosos, políticos o de cualquier otra naturaleza. Pero parece que en 1948, cuando se acaba de definir, las presiones de la Unión Soviética de Stalin, que tenía millones de muertos que esconder por motivos políticos, hicieron que la definición acordada quedara exclusivamente en la destrucción de un grupo por motivo étnico, racial o religioso, omiténdose motivos políticos o de cualquier otra naturaleza. Y no deja de ser sorprendente, porque si uno asesina con total alevosía a un familiar, cualquier tribunal de justicia considera que se trata del mismo asesinato si lo hizo para heredar, que si lo hizo por cualquier otro móvil, incluido el odio a sus opiniones políticas.

De hecho, en la práctica, todo el mundo considera que uno de los más atroces genocidios del s. XX fue el genocidio practicado en Camboya por el gobierno maoísta de Pol-Pot y sus Jemeres Rojos entre 1975 y 1979, que vació las ciudades buscando al "posible enemigo oculto contrarrevolucionario" y exterminó más o menos al 40% de la población del pequeño país en campos de exterminio, provocando un número de muertos aún incontado, pero que van de unos dos millones y medio de personas a un millón más estimado, y constituyendo el mayor genocidio proporcional (no en cifras absolutas, sino relativas al total poblacional) del s. XX. Y es indudable que este genocidio se debió a motivos políticos.

Y es completamente obvio que la excesiva ideologización política puede degenerar en un fanatismo tan peligroso y asesino como el fanatismo religioso o de cualquier otra naturaleza. Por eso hace muy bien la RAE definiendo genocidio como "exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad". Parece una definición más ecuánime y ajustada.

Pero claro, entonces tendremos que ser consecuentes e incluir entre los genocidios del s. XX no sólo casos como el brutal genocidio étnico de Ruanda en 1994 o el genocidio bosnio contra la población musulmana de 1995 que exterminó en una sola matanza por ejemplo a 8000 ó 9000 musulmanes, sino muchos otros.

Sin ir más lejos, en España se dio en el s. XX un clarísimo genocidio, un doble genocidio si se quiere. En España se proclamó una república en 1931, con grandes esperanzas de renovación del país y no pocas dificultades políticas y un considerable clima de tensión y lucha política que llegó a generar sin duda violencia y asesinatos. Y apoyándose en eso, determinadas fuerzas militares de la reacción se sublevaron en julio de 1936 contra la república legítimamente constituida comandados por el general Franco. Esta sublevación militar triunfó en unas provincias españolas, mientras en otras fue aplastada y siguieron controladas por el gobierno republicano; y se inició la guerra civil entre las dos zonas que duró tres años. Ambos ejércitos se formaron (al margen de voluntarios ideológizados y de ayudas recibidas de aquí o de allá) sobre todo a base de levas de todos los jóvenes y hombres en edad militar, uno con los de las zonas republicanas, otro con los de todas las provincias en que el control gubernamental era de los militares sublevados. En cualquier caso jóvenes y hombres que no desearon ni provocaron esa guerra, sin más alternativa que ir a luchar, la mayoría de los cuales estaban en un ejército o en el otro por un mero azar geográfico y muchos de los cuales dejaron su vida en las trincheras, lo cual ya supuso muy considerable mortandad. Además bien conocemos que cada vez que cualquiera de ambos ejércitos, el sublevado y el republicano, ocupaba un pueblo o ciudad al enemigo, sus mandos ordenaban fusilar habitualmente a quienes consideraban las fuerzas vivas o gentes significadas del régimen al que se oponían. Y siendo esto una inmensa barbarie condenable frecuente en el furor de todas las guerras y más en las civiles, tampoco se ajusta quizá al concepto de genocidio.

Lo que sin duda se ajusta perfectamente a un genocidio por motivos políticos era lo que ocurría con la población civil en las retaguardias, en las poblaciones de este país que no eran el frente de guerra, durante la guerra, y lo que ocurrió en la posguerra tras la victoria del general Franco. Pues no sólo las jerarquías militares sublevadas ejecutaron sin más a los significados en una ideología republicana y a quienes pudieron oponérseles en las localidades y tierras en que triunfaron, sino que desde el 18 de julio de 1936, fecha de la sublevación militar, hasta el fin de la guerra en 1939, en todas zonas y ciudades bajo control republicano se produjo también la más sangrienta matanza realizada por sindicatos, fuerzas políticas y poderes paralelos, a las que el estado repartió armas y con la pasividad cómplice de todos los poderes, si es que quedaba alguno, primero, sobre todas aquellas personas que pudieran oler a creencias religiosas o a ideología política de derechas, fueran clérigos o civiles, muchos más civiles que clérigos aunque estos ya fueran miles, provocando igualmente decenas de miles de víctimas asesinadas, e incluso a partir de 1937 se da también en parte la eliminación de componentes de determinados grupos de izquierda (anarcosindicalistas, POUM). A todo ello se sumó tras la guerra el cruel, sistemático e indiscriminado ajuste de cuentas de la represión franquista, con miles y miles de víctimas entre fusilados y encarcelados y bastante más largo en el tiempo, violencia plenamente estatalizada. De los estudios más serios y documentados se desprende que el número de víctimas asesinadas por estos motivos en la zona republicana durante la guerra es de casi 50.000 personas, mientras el número de víctimas de la represión franquista, sumando las asesinadas durante la guerra y las ajusticiadas fríamente durante años en la larga represión de la posguerra, se acercaría a los 150.000 (Santos Juliá[1] pudo documentar fehacientemente un mínimo de unas 90.000 con nombres y apellidos, pero más recientes pesquisas de la ley de la Memoria Histórica lograron exactamente un listado de 143.353 personas). Son cifras aproximadas de cualquier modo basadas en los registros constatados, pero seguramente son mayores en ambos casos porque faltan datos fehacientes de un muy alto número de personas desaparecidas en todo el territorio en periodo de guerra, superior a las 100.000, de las de las que no se puede constatar su muerte y ni siquiera su apresamiento o detención con desaparición posterior, de modo que no se puede presumir su ejecución o su huida del territorio, y en definitiva su paradero final.

En la zona republicana el exterminio de personas se producía por sacas nocturnas cotidianas de gente previamente encarcelada como sospechosa de oponerse al régimen o ser de ideas próximas a los sublevados, en que con toda libertad grupos armados de sindicalistas y otras entidades políticas llegaban a las cárceles y se los llevaban en camiones, asesinándolos en masa en las tapias de cementerios y lugares alejados y acumulando sus cuerpos en fosas comunes abiertas al efecto. Aunque también existían los llamados "tribunales populares" formados mayoritariamente por gentes diversas, que condenaban sin más a muerte sin ninguna garantía judicial. En la zona llamada "nacional" por los sublevados también se producían matanzas en grupo o en masa por iniciativa de grupos diversos a su aire, pero este territorio, fuertemente militarizado, desde el principio recurrió mucho a los juicios sumarísimos y consejos de guerra para ejecutar a la gente, a veces incluso grupales y sin ninguna garantía procesal, procedimiento que fue el que continuó durante años en la represión franquista de posguerra, si cabe más criminal por producirse de manera bien reglada y fuera de los ardores descontrolados de una situación de guerra. Y en ambas zonas, durante la guerra, no faltaron multitudinarias masacres, como la de Paracuellos cerca de Madrid en la zona republicana o la tristemente célebre matanza de Badajoz en zona franquista, una vez el ejército de Franco tomó esta ciudad. Y Santos Juliá constata como, aparte de la aniquilación de personas de izquierdas en la zona franquista y de personas de derechas en la zona republicana, en ambos territorios fueron perseguidas por igual y por idénticos motivos de posturas conciliadoras con "el enemigo", muchísimos demócratas centristas.

En definitiva estamos hablando de un exterminio de al menos 200.000 personas por motivos político-ideológicos, con lo cual es evidente el carácter de genocidio por causas políticas.

Y por supuesto este no es el único caso de la larga serie de sucesos del s. XX que pueden calificarse de genocidios políticos. En Latinoamérica tenemos casos como las sistemáticas y terribles matanzas de campesinos en Guatemala a partir de 1978, los exterminios de la junta militar de Videla en Argentina o la represión de Pinochet en Chile, por sólo citar algunos ejemplos. En todos los casos se pretendía la aniquilación física de todo un sector social considerado enemigo ideológico, por lo tanto todo ello entraría en la categoría del genocidio. No obstante siempre habrá personas que preferirán calificar tanto estos casos, como el de España que hemos analizado con detalle, de "represión sangrienta" o "crímenes de represión". Pero los hechos en sí en nada se diferencian de cualquier genocidio. Hay quien dirá también que parte de estos hechos es que se produjeron dentro de los furores de una guerra: pues sí, es que muchos genocidios se producen dentro de los extremismos fanáticos de las situaciones de guerra, así fue en el holocausto nazi y así fue en el genocidio de los musulmanes bosnios; eso no los hace menos genocidios.

Y si somos consecuentes, también hemos de reconocer desgraciadamente algo. Bien es verdad que antes del s. XX no hay una definición precisa ni una condena clara por el Derecho establecido, ni del genocidio, ni de los demás delitos de lesa humanidad. Pero eso no ha de impedirnos reconocer ese tipo de actos si se dieron en la historia pasada, incluso aunque en su momento se aceptaran como hechos usuales y asumibles. E indudablemente en la historia de todas las épocas abundan las barbaridades cometidas contra pueblos o grupos sociales, desde sobreexplotaciones inhumanas impuestas hasta expulsiones masivas, persecuciones sangrientas y actos de todo tipo, pero si bien nos paramos a pensar, en épocas más antiguas el genocidio en sí y estrictamente hablando con la clara acción e intención del sistemático exterminio físico global o masivo de un amplio sector social o de un pueblo, por el mero exterminio, es bastante más raro. El s. XX indudablemente se lleva la palma en genocidios, quizá también porque a mayores avances tecnológicos de manera más efectiva pueden emplearse al servicio de toda perversión humana.

Nota:

[1]SANTOS JULIÁ et alii, Víctimas de la guerra civil, 1999. Se trata probablemente del trabajo más serio, documentado y minucioso al respecto.

- Gracias: Helena


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