Etimología de IGNACIO

IGNACIO

La palabra Ignacio es un nombre personal masculino y femenino (Ignacia). En México se utiliza mucho de manera hipocorística como Nacho y Nacha. Existen numerosas variantes: Iñaki en vasco, Iggy en inglés, Ignat en rumano, Ignace en Francés, Egnatius en la antigua Roma, Ignasi en catalán, Ignazio en italiano, Ignác en húngaro y checo, Ignaas en holandés, Ignatiy en ruso, Ignacy en polaco. El nombre vasco Iñaki fue propuesto por el español Sabino Policarpo Arana (1865-1903), pues era simpatizante del nacionalismo vasco y quiso evitar nombres de origen latino, por la influencia de la religión católica en la lengua euskera.

Se considera que procede del latín Egnātĭus y que luego pasó también latinizado como Ignatius, nombre de probable origen etrusco, un pueblo prerromano de la región central de Italia, al norte de Roma, con un lenguaje originalmente no indoeuropeo.

El escritor romano Plinio el Viejo (s. I d.C.) menciona Egnātĭa, para referirse a la región de Apulia al sureste de Italia, frente al Adriático, ubicada en el tacón de la bota peninsular, así como al nombre de una villa, al parecer de la misma zona. También existió un personaje llamado Egnātĭus Rufus o Egnacio Rufo, un edil o magistrado que armó una conspiración contra de César Augusto, el primer emperador de Roma. El escritor latino Tácito menciona Egnātĭa como nombre de mujer. Algunos han relacionado al nombre de Ignacio (Ignatius) con el término latino ignĕus, que significa 'igneo', 'el fuego y todo lo relacionado con él', 'ardiente', pero debe ser una etimología popular, pues como recién mencioné, Egnātĭa, Egnātĭus son término que hacen alusión a toponimias y a nombres personales desde la antigüedad.

Algunos personajes con este nombre son históricos, por ejemplo, San Ignacio de Antioquía (ss. I-II d.C.), obispo y mártir ejecutado en Roma; Ignacio de Constantinopla (s. IX d.C.).

San Ignacio de Loyola (1491-1556), religioso ibérico fundador de la Compañía de Jesús, es en realidad un caso histórico especial, pues su nombre verdadero era Íñigo Pérez de Loyola, quien cambió a San Ignacio de Loyola, ello, debido a que él mismo tradujo su nombre (Íñigo, que en realidad tiene raíces eusqueras) a la forma latinizada Ignatius.

Con la colaboración de Joaqu1n (8 de diciembre de 2018).

- Gracias: Jesús Gerardo Treviño Rodríguez.


En España, como dice Gerardo, es muy frecuente la identificación del nombre propio Ignacio con Íñigo a partir del personaje de Íñigo Pérez de Loyola (1491-1556), el fundador de los jesuitas, que subió a los altares en el siglo XVII con el nombre de San Ignacio de Loyola. Sin embargo tal identificación es errónea y el culpable fue el propio Íñigo de Loyola al que se le antojó traducir al latín su propio nombre como Ignatius.

Íñigo viene de otro origen, de una raíz eusquérica que el Euskaltzaindia -como se llama la (Real) Academia de la Lengua Vasca- explica como procedente de ene "mío" y el sufijo hipocorístico -ko de modo que vendría a significar algo como "miíto". Las formas antiguas aparecen como Eneko y así fue como se llamaba el primer rey de Navarra, Íñigo Íñiguez Arista (Eneko Enekones (H)aritza, llamado en árabe ونقه بن ونقه Wannaqo ben Wannaqo, hermano de madre del gobernador omeya de la Frontera Norte del emirato de Córdoba, موسى بن موسى بن فرتون بن قسي Mūsà ben Mūsà ben Furtūn ben Qasī, de la dinastía de gobernadores Beni Qasi). Este nombre tiene su propio santo, San Íñigo, Eneko o Enekón, abad de Oña (Burgos), cuya festividad es el 1 de junio, como recuerda el político vasco (PNV) nacido en Venezuela Iñaki Anasagasti.

La posterior reconversión de Ignacio en un vasco Iñaki es creación absoluta del ideólogo del nacionalismo vasco Sabino Arana (1865-1903), quien da la impresión de que tenía no poca aversión a los nombres latinos que le habían entrado al vasco por la vía del santoral de la religión cristiana, católica, apostólica y romana, de la que él era ferviente seguidor, pero cuyos antropónimos parece ser que le ponían de los nervios. En el Deun-Ixendegi Euzkotarra ("Santoral onomástico vascongado"), el DIE, propuso sustitutos a los molestos latinajos, para lo que muchas veces recurrió a traducir los significados y así es como se inventó nombres como Kepa en vez de Pedro (sacado del arameo ܟܶܐܦܳܐ kēfā "piedra"), Garbiñe en vez de Purificación o Inmaculada (de garbi "limpio, puro"), o Edurne en vez de Nieves (de edur "nieve" y un sufijo -ne que él mismo inventó para formar nombres propios femeninos). Y para Ignacio, refiriéndose a San Ignacio de Loyola, discurrió la forma Iñaki que ha tenido tantísimo éxito (como la mayoría de sus propuestas onomásticas), tanto que hoy es casi el nombre vasco más conocido, el nombre vasco por antonomasia, con el que se hacen los chistes de vascos como de los alemanes se hacían chistes de Otto y Fritz. Parece mentira, pero hace doscientos años, nada más, todavía no había vascos llamados Kepa o Iñaki ni vascas Edurne o Garbiñe.

Ahora resulta que la mayoría de los Ignacios lo son por San Ignacio de Loyola (31 de julio), que es el que se llamaba Íñigo, no por los verdaderos Ignacios, que son San Ignacio de Antioquía (17 de octubre) o San Ignacio de Constantinopla (23 de octubre), y que los que se llaman Íñigo creen que se llaman Ignacio y lo celebran el 31 de julio en vez del 1 de junio, con lo que el pobre abad de Oña se debe de sentir muy abandonado.

- Gracias: Joaqu1n


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